FORMATOSENTREVISTAS«El flamenco que hacemos aquí es, en el fondo, una jam session»

«El flamenco que hacemos aquí es, en el fondo, una jam session»

La trayectoria de Ángel López León atraviesa muchas músicas, muchos espacios y también muchas maneras de entender la cultura.

Fotografías: Isabel González Ortiz de Urbina

Es percusionista, técnico de sonido, y precursor del tablao flamenco que desde hace años se celebra en Vitoria-Gasteiz. La sala Le Coup, sede hasta la fecha de este emblemático ciclo, con 75 ediciones a sus espaldas, nos acoge para charlar de todo ello.

Tu recorrido musical es amplísimo. Has pasado del coro de la iglesia al punk.

Sí, del coro de la iglesia al punk. Y fíjate que hay una gran espiritualidad y una gran mística en los dos lados. También una base de valores muy fuerte, en ambos casos, que es lo que te hace cantar.

La curiosidad ha ido ampliando el paisaje. Yo empecé a currar con orquestas, y ahí ya tienes un espectro musical muy amplio, porque tocas para todo tipo de público. Luego apareció el flamenco en mi vida, pero también muchas otras músicas. Con la percusión he podido entrar, por curiosidad y por gusto, en muchas músicas étnicas, que es lo que más me gusta. La música étnica y el folclore me interesan muchísimo.

Eres de origen chileno. ¿También has trabajado o te has acercado a músicas latinoamericanas?

Sí, claro. América nos ha dado la modernidad. Toda la música que ha nacido de esa fusión cultural está en la base de nuestra cultura moderna. Ahí están las fuentes: lo andino, lo amazónico… Pero también lo africano, lo europeo, lo chino… Todo eso ha convivido y ha generado muchísima riqueza.

Aquí hubo también un momento muy bonito, con gente muy inspirada por la música latinoamericana, una música con mucho contenido político, ideológico, pero también poético. Una música que ponía en valor de dónde venimos. Y todas esas músicas que tienen raíces profundas, claro, te atraviesan.

¿Y cómo llega el flamenco a tu vida?

A principios de los 90 tuve la suerte de conocer a pioneros y pioneras del flamenco que andaban por aquí: Rosa Laoz, Marta de los Reyes, Javi Toñana, Arturo Blasco, María Elena con su academia… Ahí empecé a tener un acceso más directo.

Y luego, en 1994, hubo un momento clave. En un festival muy bonito que organizaba la Asamblea de Parados de Zaramaga y Abetxuko, trajimos a Tomasito de Jerez. Eso fue un antes y un después. Vino también Navajita Plateá, que todavía no era tan conocido. Y aquello me abrió una puerta muy importante.

Tomasito fue un gran maestro para entender mejor el flamenco. A partir de ahí ya entré de lleno.

¿Y cómo nace el tablao que organizas desde 2016?

Esto empieza en 2016, sí. Fui por fin a ver la experiencia de una gran amiga de Pamplona, Juncal Sola, que tiene su academia y empezó haciendo tablaos en su espacio. Un día estuve allí, me encantó y le propuse hacer algo parecido en Vitoria. Entonces la gente empezó a venir a dos fechas, una aquí y otra allí.

Además habéis creado un circuito junto a Pamplona y Bilbao.

Sí. Primero estuvimos Juncal y yo varios años, y luego apareció Darío Campos, que es un percusionista extremeño que vino a vivir aquí hace años. Empezó a trabajar en Bilbao, dando clases de percusión, y nos dijo que podía hacer un tablao allí. Desde entonces estamos los tres.

Así que ahora hacemos ese pequeño circuito: viernes aquí, sábado en Bilbao y domingo a mediodía en Pamplona. Le llamamos Encontrando el Norte. Los artistas vienen a los tres sitios, y claro, eso les permite estar atendidos en transporte, alojamiento, trabajo… Y están muy a gusto. Como nosotros venimos del escenario más que de la pura gestión o la empresa, hay mucha cercanía.

¿Cómo ha sido la relación con el público durante estos años?

Hay un público fiel. Igual no viene siempre toda la misma gente, pero sí hay una base importante. Cuando empezamos, tiramos de los sitios donde se impartía o se vivía el flamenco aquí: La Pulga, Mayte Jiménez, Aitor Rivera… Hicimos red con gente que ya estaba en esto.

A partir de ahí, el público ha ido creciendo y ampliándose. Esta es una ciudad curiosa, muy de bandos, muy compartimentada. Y sobrevivir a eso ya tiene mérito. Muchas veces si algo lo hace uno, otros no van. Pero hemos conseguido sostener un punto de encuentro. Eso es importante.

¿Qué se encuentra alguien que va por primera vez a uno de vuestros tablaos?

Desde el primer día quisimos que la recepción del público fuera con música en directo. No queríamos poner música enlatada. Al principio lo hacíamos tres amigos: hang, guitarra, pequeñas percusiones… Era una música muy suave, muy cálida, para recibir a la gente.

La idea era que, en lugar de venirse arriba nada más entrar, la gente se viniera abajo, en el buen sentido: generar un ambiente cercano al silencio. Porque el silencio, en la música y en el flamenco, es sagrado.

Luego el tablao suele tener dos partes, con un descanso en medio. Son unos cuarenta minutos, descanso de quince y otros cuarenta minutos. Y al final siempre hay una invitación a participar.

Es un flamenco muy fundacional, muy de base. A veces se ha llamado incluso flamenco rancio, pero yo lo digo en el sentido de raíz. El que sabe las letras se las canta, el que sabe acompañar con la guitarra está ahí, el que baila responde… Y la percusión se suma también.

Mucha gente no sabe muy bien de qué hablamos cuando hablamos de flamenco. Pero este formato es justamente eso: una jam. Mucha gente que sube al escenario no ha tocado junta nunca, pero resuelve. Ese es el oficio.

Todo esto, además, funciona de manera completamente independiente.

Sí. Completamente particular. Parte de nuestra política es que no haya política cultural. No hay subvenciones ni queremos depender de ellas. Que cada uno haga su trabajo y que, a la hora de hacerlo, permitamos que los demás trabajen. Porque lo cierto es que las normativas cada vez son más restrictivas, más absurdas y más difíciles de sobrellevar.

Actuar en cualquier parte se ha convertido en una locura. Horarios, aforos, seguros, humos, ruidos, formularios, tickets, programas, plataformas… Todo eso va quitando las ganas a mucha gente. Y yo he visto a mucha gente marcharse de esta ciudad porque trabajar aquí se ha vuelto dificilísimo. La burocracia cultural se ha comido mucha energía.

Y aun así sigues.

No sé cuánto aguantaremos nosotros, cuánto aguantará esto, pero sí, paso a paso. Verso a verso. A veces se te quitan las ganas, claro. Pero aquí seguimos.