«La relación entre el arte y el público tiene mucho que ver con la educación que recibimos»

La artista visual Natalia Albéniz trabaja actualmente como educadora en Artium, imparte cursos en los centros cívicos de Vitoria-Gasteiz y un taller de plástica en el colegio Urkide

Natalia Albéniz./ Endika Portillo

El dibujo ha acompañado a la gasteiztarra Natalia Albéniz durante toda su vida. Su pasión por la pintura y la ilustración la llevó a estudiar Bellas Artes en Leioa, una inquietud que apenas pudo desarrollar durante su etapa escolar: «Un profesor vio que me interesaba el dibujo e intentó llevarme por la parte artística, pero en las escuelas no hay muchas posibilidades, solo se ve útil el dibujo técnico».

Continuó sus estudios cursando un máster de ‘Creación e Investigación en Arte’ para el que presentó el proyecto teórico ‘La distancia que separa al arte contemporáneo del público’, tutorizado por Txaro Arrazola. «Gracias a este trabajo me di cuenta de que la relación entre el arte y el público tiene mucho que ver con la educación que recibimos. Me empecé a hacer preguntas sobre cómo nos enseñan el arte o qué ideas interiorizamos las personas a las que sí nos gusta. Decidí entonces cursar un máster de profesorado con especialidad en Educación Artística e intentar cambiar así las cosas desde dentro», cuenta.

Natalia Albéniz trabaja en su estudio./ Endika Portillo

Actualmente trabaja como educadora en el museo Artium realizando talleres y visitas guiadas. También imparte un taller de plástica al alumnado de la clase de diversificación de 3º de la ESO de Urkide y ofrece cursos en los centros cívicos de Vitoria-Gasteiz, tanto a público infantil como a personas adultas. “Hay una labor de ganarse la vida, pero también de reivindicar que lo que haces tiene importancia y puede tener un efecto positivo en otras personas a nivel de autoconocimiento”.

Para Natalia, hacerse preguntas es el primer paso para generar un cambio: “A través de la práctica artística o de la apreciación de las obras de otras personas te haces preguntas que quizá en el día a día no te harías”. Explica que en el museo propone temas como el reciclaje o la moda, “lanzo preguntas sobre la manera en la que nos vestimos y el por qué lo hacemos así, preguntas que el alumnado ni se plantea. Esto les hace pensar y reflexionar”.

Natalia imparte talleres en los centros cívicos de Vitoria-Gasteiz./ Endika Portillo

A través de los diferentes ejercicios, Natalia busca fomentar el pensamiento divergente, que las personas se hagan preguntas, se replanteen cosas, reflexionen y sean conscientes de su propio proceso de trabajo. Una de las frases que más utiliza y que intenta que su alumnado interiorice es ‘eroriz ikasten da oinez’ (a caminar se aprende cayéndose): “Según la metodología que emplees, puedes no plantear el error como una penalización. A veces en la vida tienes que equivocarte para aprender, y por medio del arte, de la entrega de bocetos y de replantearte ideas puedes hacer ese paralelismo con la vida. Hay que permitir equivocarse sin luego quedarse en el error”.

El reciclaje de Natalia en educación es casi diario: “Según el público al que me dirijo tengo que replantearme la manera en la que trasmito las cosas y el tipo de ejercicios”. No solo prepara cada una de sus clases leyendo y formándose, sino también dibujando. “He leído a María Acaso y me gusta cómo habla de las docentes como creadoras culturales y no solo como personas que trasladan conocimientos”.

Natalia Albéniz en su estudio./ Endika Portillo

Desgraciadamente, para Natalia el arte en la escuela “está considerado como una forma de llenar el tiempo, como si fuera algo absurdo. Se asocia solo a las manualidades, pero el arte no tiene una parte estética agradable, también se tratan cosas desagradables. Hay que trasladar a la sociedad que el arte es una forma de conocimiento más, pero el sistema tiene ideas muy marcadas de lo que es importante y lo que no y enfoca todo a la productividad, a la mano de obra, y no al individuo”.

El taller que imparte en Urkide es para la gasteiztarra un oasis en medio del desierto. “Tengo apenas 10 alumnos/as y esto me permite ofrecerles una atención personalizada, completamente diferente a la que reciben en una clase ordinaria. Sé que hay muchos/as docentes a los/as que les gustaría poder hacer las cosas de otra manera, pero se encuentran con que no tienen tiempo y no llegan. Cambiar el sistema es muy difícil”, afirma.

Natalia Albéniz en su estudio./ Endika Portillo

En su escaso tiempo libre, Natalia se dedica a su pasión: la ilustración. Su estética inocente e infantil contrasta con el trasfondo de sus ilustraciones, así como con sus temáticas, entre las cuales se puede encontrar el peso de las convenciones sociales en la sociedad occidental, los preceptos religiosos y su peso en la época actual, el rol de la mujer y el tratamiento de su cuerpo en las esferas privadas y públicas, y la descontextualización y resignificación del lenguaje, así como sus proyecciones. “A través de una estética bonita puedes conseguir la atención de la gente para que reflexione. Es como una especia de engaño”, añade.

En un futuro idílico, le gustaría tener un solo trabajo “bien pagado” y poder compaginarlo con proyectos propios y encargos. “En muchos casos a las artistas nos toca convivir con dos trabajos; el que nos da de comer y en el que desarrollamos nuestra obra. Tenemos derecho a dedicarnos a aquello para lo que nos hemos formado”.

Además, denuncia las condiciones laborales de las trabajadoras culturales: “Hay muchas diferencias entre contrataciones directas e indirectas. Parece que las instituciones apoyan la cultura pero la subcontratación es la norma. Al final las personas que nos dedicamos a la cultura salimos siempre perjudicadas. Esto tiene que cambiar ya”.