Fotografías: Isabel González Ortiz de Urbina
Pianista de formación y creador autodidacta, Bellido transita entre la electroacústica, la síntesis modular y la experimentación, tanto en solitario como en su proyecto Lohi Ensemble. Desde Vitoria-Gasteiz, compone piezas que escuchan la ciudad, buscando belleza en lo inesperado. Más que canciones al uso, Jon construye paisajes sonoros donde cada textura y cada sonido cuentan.


Has traído teclados y equipo…
Sí, he traído lo portable. Porque lo tengo un poco repartido entre lo que hay en el estudio de mi casa y lo que hay aquí: traerlo todo era imposible.
Tu aita y tu ama son diseñadores. ¿En casa se mamaba arte y cultura? ¿Y la música?
Sí, mis padres desde pequeño me han puesto muchísima música. A mi madre, por ejemplo, le ha gustado mucho la música clásica y ya desde pequeño recuerdo escuchar a Mozart, Chopin… Y mi padre, pues más rock: Pink Floyd, Triana… Cat Stevens. Ellos no han sido músicos, pero he oído muchísima música en casa.
¿Y cuándo empezaste tú a tocar?
Empecé a tocar el piano con seis o siete años; me apuntaron a clases y luego ingresé en Luis Arámburu, en la escuela de música, con once años o así. Estuve hasta los diecisiete. Estudié lenguaje musical, armonía y piano. Y ya con diecisiete o dieciocho decidí seguir un camino más autodidacta, con teclados, más rock o música contemporánea. Y luego la música electrónica, la síntesis modular y ese tipo de cosas. Ha sido un camino más o menos solitario. Aunque luego he tenido mucha suerte en Vitoria con amigos músicos con los que frikear. Eso llegó más a partir de los dieciocho o veinte, cuando vas encontrando gente que está tan loca como tú.

Escuchando tu música, está claro que no te interesa lo “habitual”. ¿Cómo te dio por buscar sonidos en cualquier cacharro posible?
No lo sé realmente. Creo que es parte de un camino. El gusto musical va evolucionando dependiendo de tu momento vital, dónde estás, con quién estás. Me pareció muy interesante, muy divertido. Y también una forma de expresarme, de expresar un momento concreto. Al principio empecé a hacer cosas por mi cuenta al ver que no podían encajar en Entropía. Entropía era un grupo basado en la experimentación, sí, pero con raíces rock. La experimentación iba más por la psicodelia o ciertos efectos. Así que fui probando otros caminos por mi cuenta.
¿Qué referentes te abrieron esa puerta?
Los que empezaron con la musique concrète, en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial: experimentar con radios, grabaciones de campo, sonidos del día a día, de la cocina… y hacer música a partir de eso. También era una forma de reivindicar que la música clásica tradicional había derivado hacia un academicismo, con sonidos “mejores” y reglas muy estrictas para que la música “sea buena”. Y estos se rebelaron contra eso; me parecía muy interesante.
Luego me interesé por la música electrónica a través del krautrock alemán, grupos que venían de la psicodelia alemana y empezaban a usar sintetizadores modulares. Y a raíz de eso llegué a Stockhausen, Steve Reich, Éliane Radigue… y a muchas mujeres pioneras. Es un mundo en el que se rompían reglas, y lo considero necesario para que la música avanzara y se exploraran otros caminos.

Has dicho alguna vez que escuchas la ciudad. ¿En qué medida Vitoria y sus sonidos están dentro de tu música?
He nacido en este lugar del mundo que se llama Vitoria, y me gusta escucharla. Aunque cada día recorra los mismos caminos para ir a trabajar, ver a mis amigos, a mi familia o tomar algo… desde pequeño me ha gustado escuchar. Y siempre me ha parecido que no hay sonidos malos ni buenos: hay sonidos. Y todos son interesantes en su medida y con ellos también se puede hacer música. Un sonido de una guitarra eléctrica no tiene por qué ser mejor que el de un tubo de escape.

¿Cómo es tu proceso creativo? ¿Cómo empiezas desde cero?
Muchas veces empiezo sentado delante del piano y saco sonidos, probando, experimentando, cambiándole sonidos al propio piano, muteando teclas… Y a partir de ahí grabo pequeños trozos, pequeñas ideas que luego transformo totalmente. Voy haciendo un collage, un puzle: meto ritmos, meto tal, y decido dónde va sonando cada cosa.
En lo electrónico es parecido pero distinto: pienso más en texturas, ritmos concretos… me hago un esquema mental.
Compaginas varios proyectos: Entropía, Lohi Ensemble, tu trabajo personal… ¿Qué te da cada uno?
Entropía me ha enseñado a hacer música. Porque para mí hacer música es escucharse. Nos conocemos desde los dieciocho y hemos compartido muchas experiencias que nos han hecho crecer. Yo creo que he aprendido más con ellos que en toda mi trayectoria académica.
Mi principal grupo ahora es Lohi Ensemble, con Aitor García Vicuña. Trabajamos la experimentación a través de la música electrónica y electroacústica, sin cerrarnos a un estilo. Hemos hecho desde un instrumento propio a partir del arpa de un piano hasta conciertos más orientados al club, a la noche. Es un proyecto muy abierto y estimulante, porque cada actuación es diferente.
Luego tengo dos proyectos personales. Uno como Jon Bellido: el EP Sonidos para la ciudad (realizado en pandemia) y el álbum Echoes Echo Ech E, más centrado en fusionar electrónica y música clásica, por decirlo así. Y otro proyecto, Mindtape, más de directo: electrónica, tecno, con instrumentos modulares.



¿Cómo ves la escena más experimental en Vitoria y en Euskal Herria?
Es una escena muy reducida, pero tampoco busca grandes públicos. Se siente cómoda en la periferia, en el underground. Y está bien así, porque es una música basada en la libertad de creación. Cuesta a veces sacar actuaciones adelante, pero Vitoria tiene la suerte de que, aunque cada vez es más difícil actuar por cierres y restricciones, todavía existen lugares autogestionados donde poder hacerlo.
Y en Euskal Herria hay muchos grupos y artistas interesados en esto, y cada vez hay más redes. Y no solo dentro de la experimentación: en todo el espectro underground veo menos cerrazón con los estilos. Ya no es “los heavies con los heavies” o “los punks con los punks”. Puedes ir a un gaztetxe y ver rock stoner, luego flamenco y luego electrónica.
Eso es interesante: que no haya ortodoxias y que se comparta la música, que nos apoyemos entre nosotros como creadores en la periferia.


Un artista que hace de la tecnología su herramienta de trabajo, ¿cómo ve la irrupción de la IA en la música? ¿La ves útil para tu trabajo? ¿Te preocupa?
Soy bastante negativo con la IA en relación con el arte. Creo que desvirtúa lo que es el arte en sí, que es algo humano, de creación. Me preocupa porque estamos viviendo una transformación muy rápida y hay ausencia de reflexión. Buscamos respuestas rápidas: tenemos una duda y vamos al móvil. Todo es bueno si es útil; hay utilitarismo, consumo rápido. La música ya no se concibe como una experiencia transformadora, sino como un hype rápido, como comida rápida. Y no nos paramos a reflexionar, a escuchar.
Creo que vamos a ver transformaciones importantes que van a beneficiar, como siempre, a las grandes élites y a perjudicar a las personas trabajadoras. Es posible que en unos años sea muy difícil distinguir lo que es real de lo que no. Y, como no seremos capaces, nuestra reacción va a ser que nos dé igual todo. Ahí es donde las personas que creamos arte tenemos cosas que decir.





