Fotografías: Isabel González Ortiz de Urbina.
Tras regresar a la ciudad, Zuriñe ha abierto Estudio de Arte Infinito, un espacio donde niños y niñas, jóvenes y adultos exploran el arte desde la creatividad, la calma y la expresión personal.
Si echas la vista atrás, ¿cuándo nace tu relación con el dibujo?
La verdad es que no recuerdo cuándo empecé a dibujar. Siempre tenía un cuaderno al lado y pintaba en cualquier sitio. En casa siempre apoyaron esa parte creativa y recuerdo especialmente a mi aita dibujando. Lo hacía muy bien, aunque nunca llegó a desarrollarlo. De pequeña ya sentía la necesidad de expresar lo que llevaba dentro y, como siempre me ha costado más hacerlo con palabras, encontré en el dibujo una forma muy natural de comunicarme.
También recuerdo con muchísimo cariño las clases a las que iba en San Martín. Era un espacio muy pequeño, lleno de pinturas, que olía a acrílico y a aguarrás. Para mí era como entrar en un parque de atracciones.


Hoy eres ilustradora, escritora y docente. ¿Cómo ha sido ese recorrido?
Fue bastante autodidacta. En realidad estudié Decoración en la Escuela de Artes y Oficios porque en aquel momento ni siquiera pensé que pudiera dedicarme profesionalmente a la ilustración.
Todo empezó cuando me quedé embarazada de mi primer hijo. Comencé a preparar álbumes ilustrados y envié algunos por mi cuenta a distintas editoriales. Tuve la suerte de que una editorial inglesa apostara por mi primer libro, Sardines of Love, y aquello abrió muchas puertas. Después llegaron los libros de texto, que son una escuela fantástica porque trabajas con plazos muy exigentes y haces cientos de ilustraciones en muy poco tiempo.
Con los años han ido llegando proyectos muy diversos. Algunos de mis álbumes están traducidos a ocho o nueve idiomas y cuatro de ellos, además de ilustrarlos, también los he escrito yo.



Durante muchos años compaginaste esa carrera con la crianza de tus hijos. ¿Cómo se consigue ese equilibrio?
Con mucha organización y mucha disciplina. Desde fuera parece que trabajar desde casa con niños pequeños es sencillo, pero la realidad es que tienes entregas, necesitas concentración y muchas veces estás sola.
Yo vivía lejos de mi familia y hubo épocas en las que mi marido también trabajaba fuera, así que me tocaba organizar muy bien los horarios. Trabajaba muy temprano por las mañanas y luego dedicaba el resto del día a mis hijos. No siempre era fácil, pero fue una etapa muy bonita porque pude crecer profesionalmente mientras los veía crecer a ellos.

Después de esa etapa nace Estudio de Arte Infinito. ¿Cómo surge la idea?
Surge de una necesidad muy personal. Mis hijos ya son mayores y sentía que todo lo que había aprendido durante estos años quería compartirlo con otras personas. Siempre me ha apasionado enseñar.
Además, estoy convencida de que el arte debería ocupar un lugar mucho más importante en nuestras vidas. No sé si diría que es una necesidad, pero casi. Sentarte un rato a dibujar, escuchar el sonido del lápiz o del pincel, crear sin presión… todo eso genera una calma enorme.
Quería crear un espacio donde convivieran la ilustración, la narración, la escritura y, sobre todo, la posibilidad de expresarse a través del arte.


Después de comenzar el proyecto en Dos Hermanas, vuelves a Vitoria y decides abrir un segundo espacio aquí. ¿Cómo han sido estos primeros meses?
Ha sido un reto importante. El estudio de Dos Hermanas sigue funcionando con otra profesora y yo continúo viajando allí una vez al mes, pero abrir un espacio nuevo en Vitoria supone empezar prácticamente desde cero.
Vitoria es una plaza exigente. Cuando no te conocen cuesta un poco más arrancar y, además, nuestro planteamiento no responde exactamente a lo que la gente suele entender por una academia de pintura. Pero poco a poco el boca a boca va funcionando y cada vez entra más gente por la puerta.
Precisamente, ¿qué diferencia a Estudio de Arte Infinito de una academia más tradicional?
Yo vengo del mundo de la ilustración y doy mucha importancia a la técnica, por supuesto. Aquí se aprende dibujo, acuarela, grabado, collage, modelado… todo eso está presente.
Pero la filosofía del estudio no está basada únicamente en aprender una técnica, sino en desarrollar la creatividad como herramienta para la vida. Necesitamos creatividad continuamente: para resolver problemas, para adaptarnos a situaciones nuevas, para encontrar soluciones diferentes.
Hoy se habla mucho de inteligencia emocional o de empatía, y me parece fantástico, pero creo que la creatividad debería estar entre los principios básicos de cualquier persona.


En vuestro trabajo también aparece mucho la palabra «calma».
Sí, porque es algo que ocurre de manera muy natural. Muchas familias entran por primera vez y lo primero que dicen es: «Qué bien se está aquí».
Hace poco una niña de cinco años dijo exactamente eso: «Aquí no hay ruido». Me impresionó que alguien tan pequeño fuera capaz de percibirlo.
Vivimos rodeados de estímulos continuamente. Aquí intentamos que el tiempo transcurra de otra manera, que cada persona pueda concentrarse, explorar y disfrutar del proceso.

Trabajáis con personas desde los cuatro años hasta edades muy avanzadas. ¿Cómo cambia la relación con el arte según la edad?
Los niños llegan sin miedo. Exploran, prueban, mezclan materiales y disfrutan muchísimo.
Con los adultos ocurre algo diferente. Casi todos llegan diciendo: «Yo dibujo muy mal». Y yo siempre pregunto: ¿qué significa exactamente dibujar bien?
Si entendemos dibujar bien como hacer un dibujo perfecto, quizá sí. Pero para mí dibujar bien consiste en ser capaz de transmitir lo que tienes dentro. Y eso es muchísimo más difícil.
Nuestro trabajo consiste muchas veces en romper ese bloqueo. Empezamos ensuciando el papel, quitándole importancia al error y recordando que aquí siempre hay otro papel esperando.



Trabajos realizados por el alumnado de Estudio de Arte Infinito.
¿Qué buscan normalmente los adultos que se acercan al estudio?
La mayoría no viene para convertirse en artista profesional. Vienen porque saben que cuando pintan están bien.
Buscan un rato de desconexión, un espacio donde olvidarse del trabajo, de las preocupaciones y del ritmo diario. El arte sienta bien. Lo veo continuamente.
Y además ocurre algo muy bonito. Muchas veces dejan aquí secando una acuarela y al día siguiente, cuando vuelven y la ven con otra perspectiva, me preguntan sorprendidos: «¿Esto lo he hecho yo?». Creo que eso también habla de cómo nos juzgamos continuamente.



Trabajos realizados por el alumnado de Estudio de Arte Infinito.
¿Por qué «Infinito»?
Porque el arte lo es.
Hay infinitas maneras de expresarse, infinitos colores, infinitas formas de mirar y de aprender. Nunca llegas al final.
También creo que no existe una edad para dejar de crear. Puedes empezar con cuatro años o con setenta y seguir descubriendo cosas nuevas. Para mí, esa es precisamente la esencia del arte: que siempre queda un camino por recorrer.
Después de una trayectoria internacional, ¿qué significa para ti enseñar hoy?
Para mí enseñar también es aprender.
Cada alumno llega con una mirada distinta y eso me obliga a seguir investigando, a seguir haciéndome preguntas y a continuar creciendo como ilustradora y como persona.
Al final, todo lo que he vivido estos años —los libros, la docencia, los proyectos internacionales— cobra sentido cuando puedes compartirlo con otras personas. Ahí es donde siento que todo ese recorrido merece realmente la pena.


