Fotografías: Isabel González Ortiz de Urbina.
Aunque partiendo de una infancia en un entorno rural, realizó sus primeros estudios por el camino de las ciencias. Los años, sin embargo, la llevaron a la traducción y, desde ahí, a la creación literaria. Tras traducir al euskera a autores como Jules Renard, Flannery O’Connor o Etgar Keret, en 2020 publicó el álbum ilustrado infantil Lorerik gorriena y en 2024 el que hasta ahora es su último libro, el volumen de relatos Ezer ez dago utzi nuen lekuan. Desde entonces, su voz literaria es cada vez más reconocible.

¿Tuviste relación con la literatura desde pequeña?
Seguro que me viene en parte de casa, aunque no de manera directa. En mi casa había muy pocos libros. Mis padres no tuvieron demasiadas oportunidades de estudiar y los libros eran escasos. Mi padre sí tenía libros de bertsos, y la literatura oral ha estado muy presente en casa, sobre todo a través de mi abuela: sus relatos, sus anécdotas… Seguramente de ahí me vino ese primer acercamiento a la cultura.
La afición por los libros, en cambio, nació en la biblioteca de la escuela. Aquello fue para mí una segunda casa. Iba todos los días. Todavía recuerdo cómo era. Vivíamos en un caserío, un poco apartados del pueblo, y yo tenía unas ganas enormes de empezar la escuela. Descubrí enseguida la biblioteca y desde muy pequeña me aficioné a leer.
Empezaste por el camino de las ciencias, no de la literatura. ¿Cómo llegaste a la traducción?
Siempre me ha gustado aprender. Cualquier cosa. Me gustaba la literatura, pero también las ciencias. Cuando llegó el momento de elegir estudios, una de mis primeras opciones fue filosofía, pero al final escogí algo relacionado con la biología. Seguramente alguien me diría que tendría un futuro mejor en las ciencias.
Estudié Ciencia y Tecnología de los Alimentos y empecé a trabajar en un laboratorio. Al principio estaba a gusto, pero en un momento dado sentí la necesidad de un cambio. Y entonces recordé que de pequeña siempre decía que quería ser traductora. Había olvidado aquella idea, pero volví a agarrarme a ella. Empecé a estudiar mientras trabajaba y luego di el salto.


¿Qué es para ti traducir literatura?
Un gran reto. Al final, la literatura es una forma de pensamiento, y el trabajo del traductor consiste en intentar comprender el pensamiento de otra persona para poder reconstruirlo en otra lengua.
Además, hay que hacerlo creando algo que pueda resultar estilísticamente equivalente. Me parece una actividad muy difícil. Ahora que he empezado un poco a escribir, respeto todavía más a los traductores.
En el texto “Bidaia bat Itzultopiara ” decíais que traducir literatura es imposible, pero que aun así se hace. ¿Qué significa eso?
Esa es la idea principal. Algo que sea equivalente al cien por cien es imposible, porque la literatura nace dentro de una lengua. Cuando sacas eso de una lengua y lo llevas a otra, inevitablemente sale algo distinto.
A veces algunos aspectos pasan más fácilmente de una lengua a otra, pero en otros casos hay una pérdida. Y eso no es un discurso contra la traducción. Al contrario. Es aceptar las cosas tal y como son.
Cada lengua es como un material. Cuando llevas algo de un material a otro, el resultado no puede ser idéntico. Incluso aceptando eso, las traducciones son imprescindibles. De lo contrario no podríamos leer muchas obras.

¿El trabajo del traductor recibe el reconocimiento que merece?
No. Diría que en los últimos años incluso ha perdido prestigio. Desde que la tecnología se ha impuesto, la figura del traductor se ha difuminado un poco. El escritor siempre ha tenido un prestigio algo mayor, pero ahora la diferencia me parece más evidente.
Y no me parece justo. Traducir literatura es una actividad muy difícil, muy exigente y que aporta un beneficio enorme. Sin embargo, el reconocimiento es muy pequeño.
¿Cómo vivís desde la traducción la irrupción las inteligencias artificales?
No sé qué traerá el futuro y no me gustan los profetas. Pero creo que hoy existe una especie de inflación alrededor de la tecnología. Parece que va a hacerlo todo, pero todavía no me parece para tanto.
El ser humano sigue siendo completamente necesario. Y además no creo que esta tendencia vaya a ser buena para los trabajadores si no cambian las dinámicas actuales.
Es curioso. Durante años se ha dicho que el lenguaje es lo que hace humano al ser humano, y ahora precisamente las aplicaciones más importantes de la inteligencia artificial se están desarrollando en el ámbito del lenguaje. El lenguaje está pasando de ser una característica esencialmente humana a convertirse en una herramienta mercantilizada.
Y eso es peligroso. La tecnología es una herramienta, nada más. Tiene que seguir siendo eso.



En 2024 publicaste Ezer ez dago utzi nuen lekuan, obra premiada por Kutxa Fundazioa Donostia 2024. ¿Cómo ha sido el recorrido del libro?
Muy bonito. El comienzo ya fue muy especial, ganar el premio y después publicarlo. No ha sido un libro que haya generado un gran revuelo, pero está haciendo su camino.
¿Qué encontrará el lector en ese libro de relatos?
Personajes que están en tránsito. Personas que se encuentran pasando de una situación a otra. Gente que intenta recolocarse en medio de ese cambio.
A veces en situaciones más duras, otras veces más luminosas, pero diría que hay una cierta pulsión vital en estos relatos. Personas que buscan la manera de seguir viviendo y hacerlo con coherencia respecto a quienes son.



¿El cuento es tu territorio natural?
Sí, sin ninguna duda. Los escritores que más me han gustado siempre han sido cuentistas, y cuando yo empiezo a escribir también me salen cuentos.
No sé si alguna vez escribiré una novela. Quizá algún día un cuento se me alargue demasiado y termine convirtiéndolo en novela, pero en esencia el cuento es el género que más me interesa.
¿Qué te da el cuento?
Concisión. Decir lo máximo posible con el menor número de palabras. Eso es lo que más me atrae.
Encontrar la forma más eficaz de decir aquello que quieres decir: para mí ahí está la esencia del cuento.
¿Y qué viene ahora?
Tengo entre manos dos proyectos, ambos con ilustraciones. Uno es para niños y el otro para adultos. Los textos están bastante avanzados y ahora mismo se están creando las imágenes. También me gusta mucho escribir para niños. Aunque a veces dudo sobre qué es realmente literatura infantil y qué no.
Últimamente le doy vueltas a una idea: quizá no escribimos para el niño que llevamos dentro, sino para el adulto en el que ese niño se convertirá.

Gracias a la Casa de Cultura Ignacio Aldecoa por ceder espacio a este diálogo.



