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“Esto no es solo aprender a hacer malabares, es un espacio seguro para contar cómo estás”

Go Gasteiz se acerca esta vez al colegio Calasanz, allá donde comenzó a gestarse una de las aventuras más singulares y conmovedoras del panorama cultural local.

Fotografías: Isabel González Ortiz de Urbina.

Lo que arrancó en 2016 como un taller experimental de circo social se ha convertido en Azirkarte, una asociación sin ánimo de lucro que apuesta por la inclusión a través del arte y el juego. Hoy, varios años y tres espectáculos después, Azirkarte sigue demostrando que todos y todas tenemos un lugar desde el que brillar.

Un proyecto que crece con quienes lo habitan

“Lo empezamos con chavales de educación especial, casi como una prueba”, recuerdan Joseba Martínez de Ilarduya e Iñaki González, responsables del proyecto. “Nos dimos cuenta de que el circo les permitía expresarse, desarrollarse, encontrar un lugar propio. De ahí salió un espectáculo, y ese espectáculo nos hizo ver que querían continuar incluso después de terminar la escuela”.

Aquel impulso inicial se transformó en una actividad extraescolar, y más tarde, en una asociación sin ánimo de lucro con entidad propia. Hoy, Azirkarte cuenta con un grupo estable de entre 15 y 20 jóvenes, que entrenan todas las semanas y han creado ya tres espectáculos: El sauce llorón, Parkeando y el actual Encajamos. Cada montaje nace del trabajo colectivo, de las vivencias, opiniones y emociones de quienes lo crean, como los es el espectáculo en el que la asociación está inmersa en la actualidad: “Encajamos, por ejemplo, habla de qué significa encajar o no encajar en la sociedad”, explican. “Las frases que se dicen en escena han salido de sus propias reflexiones”.

Una tarde cualquiera: así se entrena en Azirkarte

Cada miércoles, el gimnasio del centro se transforma en una pequeña carpa de circo. Allí, las bicicletas conviven con zancos, malabares, balones gigantes, cuerdas o aros. Cada sesión combina el entrenamiento técnico con el respeto a los ritmos personales: no todos los participantes se enfrentan a los mismos retos, pero todos encuentran una disciplina con la que conectar.

“El entrenamiento se adapta a cada persona. Algunos empiezan solo con dos pelotas, otros ya se atreven con tres; hay quien domina la bici de tres ruedas, y quien apenas está dando sus primeros pasos con un monociclo”, explica Joseba, uno de los educadores. “Pero lo importante no es el nivel, sino el atreverse, el probar, el ver que puedes”.

Durante las sesiones se reparten en grupos para trabajar dos disciplinas por tarde. A medida que se acerca una actuación, los ensayos se intensifican, incorporando partes del espectáculo hasta integrarlo por completo.

Un espacio seguro donde ser y compartir

En los entrenamientos, el circo se convierte en excusa para mucho más. “Aquí los chavales no solo aprenden a hacer malabares o andar en bici”, cuentan. “Aquí te cuentan si han tenido un mal día en el curro, si han discutido en casa o si están ilusionados por una actuación. Es un espacio seguro. No somos una escuela de circo profesional: esto es comunidad”.

El valor del proyecto no está solo en lo técnico, sino en lo emocional. “El circo ofrece algo que muy pocos espacios ofrecen: la posibilidad de ser protagonista, de tener algo que mostrar, de sentirse parte de un grupo”, explica Iñaki. “Muchos de nuestros chavales no habían tenido eso nunca. Aquí lo encuentran”. Y los resultados se notan: “Muchos de los que han pasado por aquí ya están trabajando. Creemos que parte de esa seguridad que ahora tienen se ha construido aquí, jugando, actuando, descubriendo que pueden”.

Espectáculos que cambian la mirada

Cada actuación es una fiesta, pero también una herramienta para la transformación social. “No buscamos la perfección técnica, sino mostrar que se puede, que hay talento, que hay ganas, que hay discurso”, afirman. “Y por eso también cuidamos mucho dónde actuamos. Queremos experiencias de éxito. No vamos a sitios donde el público no va a entender lo que hacemos. Explicamos de dónde viene este trabajo, y la gente se emociona. Cambia la mirada”.

Ibai, uno de los artistas de Azirkarte, lo resume con claridad: “Cuando aplauden, es felicidad. La gente se queda impresionada y nosotros lo agradecemos. No se lo esperan”. Para él, el circo ha sido una fuente de confianza, una puerta hacia el “yo sí puedo”. A Sara, otra integrante, el circo le ha abierto la puerta al deporte: “Antes no hacía nada. El circo me ha gustado mucho, sobre todo las bicis. Y me siento tranquila en escena”. Zuriñe, por su parte, descubrió el proyecto gracias a su profesor. “Me motivó a probar algo diferente. Y me gustó. Cada miércoles entrenamos cosas distintas, y cuando llega el espectáculo, lo disfruto mucho”.

¿Y ahora qué?

Con casi diez años de trayectoria, Azirkarte se plantea nuevos horizontes. “Estamos en un momento de reflexión”, reconocen Iñaki y Joseba. “Nos han dicho que esto podría convertirse en un proyecto piloto, pero tenemos claro que no queremos crecer a cualquier precio. No hay nadie contratado, todo es voluntario, y lo más importante para nosotros es poder atender bien a los chavales”. Porque Azirkarte no es solo un proyecto de circo. Es un espacio de acompañamiento, de construcción de confianza, de juego colectivo. Un lugar donde el aplauso final no es solo una ovación, sino una forma de decir: tú también encajas aquí.