Fotografías: Isabel González Ortiz de Urbina
Entre tablones de nogal, olmo o encina, resina de colores, musgo preservado y herramientas de carpintería, Gaizka Olarte y Elena Bueno han levantado un proyecto artesanal que nace del aprendizaje constante, del ensayo y error y de una forma muy personal de entender los materiales.


Todo esto empezó con una necesidad cotidiana y con unas ganas muy concretas de hacer cosas con las manos. Gaizka trabajaba entonces “en otra historia que no tenía nada que ver con la madera”, delante de un ordenador, haciendo planos. “Hacía lo que sabía, pero no lo que me gustaba”, recuerda. Todo cambió a raíz de alquilar una casa en un pueblo de Kuartango. Hacía falta mobiliario para el jardín y no había presupuesto. “Donde curraba había muchos palés y retales de madera que sobraban y me los podía llevar. Con eso empecé a hacer cosas: sofás, mesas… Siempre me había gustado hacer cosas con las manos, pero nunca había pensado en concreto en la madera”.

De aquellos primeros muebles hechos con palés fue surgiendo algo más. Gaizka empezó a experimentar con la resina epoxi, a combinarla con la madera, dejándose llevar por la pura intuición. Después llegó un curso de carpintería del Ayuntamiento, casi al mismo tiempo que terminaba su trabajo anterior. “Aprendí un montón de lo que es trabajar la carpintería. Y mientras tanto seguía haciendo mis cosas como hobby, probando con resina. Cuando acabé el curso dije: o me busco un curro de lo que sea o intento tirar con esto, que es lo que me gusta”.



Aquel primer impulso tomó forma bajo otro nombre: Palet Jauna. Tenía sentido mientras la materia prima principal eran los palés, pero dejó de tenerlo cuando empezaron a llegar encargos más serios, trabajos con maderas nobles y piezas en las que la resina ya no era un experimento, sino una seña de identidad. “La gente me llamaba para saber si vendía palés”, recuerda entre risas. “Y yo estaba vendiendo cosas de maderas buenas con resina”. Hacía falta un cambio. “No puedes llamarte Palet Jauna y vender mesas a 500 euros”, resume. Así nació Egurra Ukitzen.

Un proyecto a cuatro manos
En ese camino encontró a Elena, quien aportó al proyecto un equilibrio decisivo. “Yo también tenía otro trabajo, pero siempre he sido mañosa. Además de maña.” dice Elena entre risas. “Empecé a ayudarle con los acabados, con la rotulación, el diseño…”. Lo que a él le faltaba, ella lo afinaba. “La paciencia que hay que tener para acabar las piezas, para el último lijado, para que quede todo fino… Yo siempre era un poco más basto” añade Gaizka.
Hoy ambos funcionan como un equipo bien engrasado. Elena se encarga sobre todo de la rotulación, el diseño, las redes sociales y la organización; Gaizka asume más la fabricación, los mensajes, la parte técnica y buena parte del trabajo en el taller. “Nos complementamos”, repiten. Y se nota.


Su catálogo ha ido creciendo con los años y hoy es tan variado como reconocible. Por un lado están las piezas de madera y resina: mesas, tablas de cortar, abrebotellas, pendientes, bandejas o vaciabolsillos. Por otro, el producto infantil, con torres de aprendizaje o medidores. También hacen comederos para mascotas, pajaritas, cuadernos con tapas de madera y trofeos personalizados. Y desde hace relativamente poco han incorporado una nueva línea que ha funcionado especialmente bien: cuadros de musgo y líquenes preservados. “Es lo último que hemos sacado y en la feria la verdad es que gustaron mucho”, explica Elena.


La grieta como posibilidad
Una de las claves de Egurra Ukitzen está en su manera de mirar el material. Donde un carpintero más tradicional vería una pieza defectuosa o inservible, Gaizka ve una posibilidad. “Una rodaja de árbol que tiene un agujero en medio me viene guay”, dice. “Lo veo y digo: aquí esto lo relleno de resina. Ya pienso en ese agujero con el contraste del color de la resina con la madera”. Las vetas irregulares, las grietas o incluso las partes más castigadas del tronco se convierten así en parte de la belleza final de la pieza.
“Un carpintero normal eso no puede utilizarlo”, explica. “Tiene que andar cortando o metiendo cachos para tapar los agujeros. A mí luego me cuesta más trabajarlo, pero el resultado con esa grieta, con esa raya que se va a quedar azul, por ejemplo, queda muy bonito”.

Para llegar ahí, sin embargo, hay mucho oficio, mucha técnica y muchísimo aprendizaje. La resina, que en vídeo puede parecer algo limpio y sencillo, tiene una parte imprevisible y delicada. Puede filtrarse por donde no debe, llenarse de burbujas o arruinar el resultado final cuando parecía que todo iba bien. “Tú grabas un vídeo y queda todo muy bonito, pero luego empiezas a ver que se empieza a salir por sitios”, cuenta Gaizka. “O vuelves al día siguiente y se te ha llenado de burbujas. Y se te fastidia la pieza”. Cada error deja una lección: guardar una mezcla, cambiar una base, aprender a prever. “Cada vez te pasa menos”.
Ese proceso de prueba, error y mejora continua también se refleja en la evolución estética de su trabajo. “Todavía nos salen piezas de hace seis años y ya no nos gustan”, reconoce Elena. “Los acabados, por ejemplo, ahora los haces más finos”. Gaizka coincide: “Antes pensabas que estaba bien, pero luego lo ves y dices…”. Aunque a veces el público opine justo lo contrario. “Seguramente una persona vea unos y otros y se lleve los antiguos”, bromean.



Artesanía y ferias
La mayor parte del año, su principal escaparate son las redes sociales. Pero el contacto directo con el público sigue siendo fundamental. Las ferias no solo les sirven para vender, sino también para darse a conocer, enseñar el material, dejar que la gente lo toque y entienda el trabajo que hay detrás. “Muchos trabajos grandes salen porque te han conocido en feria”, explica Elena. “En Instagram lo puedes ver, pero no es lo mismo encontrarte el producto, tocarlo, ver la textura”.

No todas las ferias funcionan igual. Ellos lo han aprendido con el tiempo. Durante una primera etapa iban a casi cualquier mercado o evento, pero pronto entendieron que no les servía cualquier contexto. “Ya cualquier feria no nos valía”, explica Gaizka. “Tenía que ser una feria de artesanía”. Porque no es lo mismo compartir espacio con otros artesanos que hacerlo con puestos de producto industrial o importado. “No puedes estar vendiendo pendientes a 28 euros cuando la de enfrente los está vendiendo a dos porque los ha comprado en Aliexpress”.
También ha cambiado su manera de entender el calendario. Ahora concentran sus esfuerzos en ferias de artesanía y, especialmente, en la campaña de Navidad, que es la más rentable. “La gente va ya buscando un detalle”, explican. En cambio, otras ferias más pequeñas funcionan de otro modo: quien va suele buscar un talo, un vino o un paseo, y si se enamora de algo, lo compra.



A todo eso se suma el coste de participar, la incertidumbre de no saber si se venderá o no, y el cansancio físico y mental que implica ese circuito. Por eso también valoran mucho formar parte de Artisau, la Asociacón Artesanal de Álava. “Sobre todo tener la compañía de otros compañeros artesanos”, resume Elena. Porque muchas veces, detrás de un proyecto de este tipo, hay una sola persona en un taller. Y aunque ellos son dos, saben bien lo importante que es sentirse acompañado.
Objetos que cuentan algo
En el taller, cada rincón parece esconder una historia. Hay tablas de cortar pensadas para llevar al monte o a una furgoneta, pajaritas que las parejas vienen a probarse con el traje antes de una boda, lámparas hechas con madera de encina recuperada y trofeos que acaban en bares de la Kutxi o en carreras de montaña. También piezas más singulares, como las figuras creadas con electricidad mediante la técnica Lichtenberg. “Le meto dos mil voltios a la madera”, explica Gaizka. “La electricidad va quemando y genera este tipo de figuras, como rayos. Luego limpio todo el carbón y lo relleno con resina”.

Hay, en todo ello, una mezcla muy clara de carpintería, diseño, intuición y juego. Ellos mismos lo reconocen: “Hacemos todo lo que se nos ocurre”. Y quizá ahí resida buena parte del encanto de Egurra Ukitzen. En que no hay un solo camino cerrado, ni una única forma de entender la madera y en que incluso aquello que parece roto, descartado o imperfecto puede encontrar otra forma de durar.




